Marcapáginas 1. Especial Día del Libro 2014

«Tombuctú, la misteriosa»

Miriam Font Ugalde
Concha de la Torre de Benito

 

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René CailliéTombuctú fue durante siglos una ciudad prohibida a los no musulmanes, lo cual afianzó su imagen de lugar mítico y legendario en Europa. Algunos viajeros, como León el Africano (s. XVI) o Alexander Gordon Laing en 1826, consiguieron entrar en ella pero solo el primero vivió para contarlo.

La obra que hemos escogido para estrenar nuestro Marcapáginas virtual es el Journal d’un voyage a Temboctou et a Jenné dans l’Afrique centrale, crónica del viajero francés René Caillié, quien, haciéndose pasar por egipcio, tras una penosa y azarosa travesía, recorrió esta parte de África, siendo el primer no musulmán que logró visitar esta ciudad y volver para narrar su aventura. A su regreso, la Société de Géographie de París le otorgó el premio que había prometido al primer viajero capaz de realizar esta hazaña y que él describió en su Journal con todo lujo de detalles.
La Biblioteca de la Escuela de Estudios Árabes custodia un ejemplar de esta crónica editada en París en 1830, en tres volúmenes y un atlas bellamente ilustrado con grabados de edificios, vistas de la ciudad y escenas de la vida cotidiana. Uno de ellos nos muestra la Mezquita de Yinguereber (s. XIV), magnífico ejemplo del rico legado y de la singularidad del Islam en África occidental.

 

Plan de la grande Mosquee de Tembuctou

Pour faire l’esquisse de la mosquée, je m’assis dans la rue, en face, et je m’entourai avec ma grande couverture, que je repliai sur mes genoux; je tenais à la main une feuille de papier blanc, à la quelle je joignais une page du Coran; et lorsque je voyais venir quelqu’un de mon côté, je cachais mon dessin dans ma couverture, et je gardais la feuille du Coran à la main, comme si j’étudiais la prière. Les passans, loin de me soupçonner, me regardaient comme un prédestiné, et louaient mon zèle.

 

Vue d une partie de la ville de TembuctouPara hacer el boceto de la mezquita, me senté en la calle, enfrente, y me envolví con mi gran manta, que doblé sobre las rodillas; tenía en la mano una hoja de papel blanco,a la que unía una página del Corán; y cuando veía a alguien llegar a mi lado, escondía mi dibujo en la manta, y me quedaba con la hoja del Corán en la mano, como si estudiara la oración. Los transeúntes, lejos de sospechar de mí, me miraban como a un predestinado, y elogiaban mi celo. [Caillié, Journal , vol. 2, capítulo XXI, p. 338]

Guía de lectura: «El Islam en África occidental»

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