La Escuela de Estudios Árabes: desde sus inicios hasta el nacimiento del CSIC

© Juan Castilla Brazales

Aún no había transcurrido un año desde que Niceto Alcalá Zamora asumiera la presidencia de la Segunda República cuando el Estado español dio luz verde a la creación de las escuelas de Estudios Árabes de Madrid y Granada. La iniciativa formó parte de un importante paquete de actuaciones promovidas por el célebre escritor y político Fernando de los Rios, quien, tras desempeñar la cartera de justicia, se había puesto al frente del Ministerio de Instrucción Pública del Gobierno de Manuel Azaña.

La ley por la que nacía la institución fue aprobada el 27 de enero de 1932 y apareció publicada una semana más tarde, el 4 de febrero, en la Gaceta de Madrid (“Ley creando”, 1932). Sus promotores, además de justificar cumplidamente la oportunidad de la nueva empresa, recordaban que nuestro país contaba con suficientes recursos humanos como para acometerla con éxito. En tal sentido, si en el preámbulo de la ley se apelaba a las circunstancias que hacían de España la nación más obligada a proteger y fomentar los estudios árabes, en otros apartados del texto se apuntaba al núcleo de investigadores españoles que, no obstante su reducido número, venían trabajando con brillante solidez en el área de los estudios orientales. Con esto último se hacía referencia, cómo no, a los integrantes de la afamada escuela de arabistas españoles, fundada por el insigne maestro Francisco Codera, fallecido tan sólo quince años antes de la promulgación de la ley. Los nombres del valenciano Julián Ribera, que sobrevivió a la iniciativa dos años, y del zaragozano Miguel Asín Palacios, discípulo predilecto de este último, que sí disfrutó más ampliamente de ella, figuraban sin duda en el trasfondo de las aspiraciones gubernamentales cuando los responsables del ministerio aseguraban que el Estado, lejos de improvisar, se aprovecharía de la rica experiencia de sus especialistas para cumplir la misión que se proponía llevar a cabo.

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Escuela de Estudios Árabes

Al amparo de la mencionada ley, pocos meses más tarde nacieron oficialmente dos centros gemelos: el de Madrid y el de Granada. Lo hicieron de la mano, con la mirada puesta en objetivos similares, y únicamente separados por el espacio. Sobran palabras para explicar que Madrid fuese una de las ciudades designadas para ser sede de uno de ellos. Allí residían y ejercían su magisterio los discípulos de Codera y ésa era razón de peso que justificaba sobradamente la elección. En el caso de Granada concurrían circunstancias muy especiales, argumentadas suficientemente en algunos de los párrafos reproducidos en el preámbulo de la ley. Se aludía en ellos a la tenaz insistencia con que desde antiguo se venía demandando para Granada un centro de características parecidas al que ahora se proyectaba. Se recordaba asimismo la peculiar historia de la ciudad andaluza, último bastión del islam peninsular. Se añadía, además, que la universidad granadina venía manteniendo casi ininterrumpidamente la vieja tradición de contar con una cátedra de Árabe entre sus muros y eso era motivo más que suficiente para colmar las legitimas aspiraciones de sus representantes.

Ciertamente los responsables de dar cuerpo al texto legislativo pupieron medirlo bien en el momento de redactarlo pues Granada consciente de ser rica heredera del patrimonio legado por los musulmanes a este país, venía reivindicando desde décadas atrás la creación de un organismo que centrara su atención en el análisis y difusión de los estudios árabes. Así lo hacían ver las voces universitarias de la época y las páginas de algunas publicaciones granadinas, muchas de ellas centradas en tratar con profusión la temática árabe.

Por lo que respecta a las demandas universitarias, reiteradas y persistentes, remontaban a 1847, año en el que José Moreno Nieto ocupó la primera cátedra de Árabe de la universidad granadina. Luego se mantuvieron vivas mediante las reivindicaciones más o menos explícitas de quienes le relevaron en el desempeño del ejercicio; entre ellos, Francisco Javier Simonet, o Antonio Almagro Cárdenas.

En cuanto a las publicaciones locales, bastaría asomarse a las páginas del Noticiero Granadino, La Alhambra, La Lealtad, El Liceo de Granada, La Constancia o El Defensor de Granada para constatar que intelectuales de distintas generaciones utilizaron estas plataformas no sólo para dar a conocer el resultado de sus investigaciones sino también para destacar las condiciones altamente excepcionales que reunía Granada a la hora de albergar un centro dedicado en exclusiva a los estudios árabes.

En 1909, la creación del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino contribuyó sin duda a multiplicar las expectativas. Por esas mismas fechas, la llegada a Granada del arabista Mariano Gaspar y Remiro para ocupar la cátedra de Árabe vacante pudo significar asimismo un revulsivo. Fue sin duda su posición de catedrático la que le sirvió de credencial para hacerse cargo de la Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, publicación periódica que, hallando en este especialista a un entusiasta promotor de todo tipo de actividades e investigaciones relacionadas con la temática árabe, sacó a la luz gran número de artículos afines con este campo de estudio. En consecuencia, el interés granadino por lo árabe, si bien ya venía de antiguo, cobró cierto vigor y protagonismo a partir de entonces, cuando la revista se empezó a erigir en tribuna del arabismo local.

Hasta el momento de su materialización, la Escuela de Estudios Árabes, como tantas otras instituciones, contó con precedentes que, por una u otra razón, no terminaron de consolidarse y quedaron en simples ideas, planes y bosquejos, apartados desgraciadamente en el camino. Casos representativos en este sentido lo constituyeron el proyecto de creación de una Escuela de Africanistas, o el de un Centro de Estudios Africanos. Con todo, esos intentos, no por fallidos, cayeron en saco roto. Fueron sencillamente el germen de lo que antes o después terminaría por dar sus frutos.

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Emilio García Gómez

Ocurrió más temprano que tarde. Corría el año de 1930 cuando el arabista y ensayista madrileño Emilio García Gómez, con tan sólo veinticinco años, accedía a la cátedra de Árabe de la Universidad de Granada. Llegaba a la ciudad de la Alhambra con la desbordante vitalidad propia de su edad. A ella ya sumaba entonces un prodigioso talento y una brillante formación. Como era de esperar, el arabismo local ganó presencia en los foros culturales. Su espíritu emprendedor no tardó en abrirse hueco entre los círculos intelectuales de la época, que se dejaron impregnar de sus acertadas iniciativas. Por lo demás, su arrolladora personalidad logró del entorno universitario los más entusiastas apoyos a la hora de demandar para Granada un centro con las características ya descritas.

Quiso además el azar que todo un cúmulo de dichosas circunstancias intervinieran antes del nacimiento de la escuela. Desde inicios del siglo XX, la Comisión de Monumentos venía dirigiéndose con insistencia a las administraciones locales y nacionales para que éstas actuaran de urgencia en la recuperación de unas viviendas de época morisca que se hallaban en estado ruinoso. Las construcciones a las que se hacía referencia estaban emplazadas en el famoso barrio del Albaizin, justo en la confluencia de la Cuesta del Chapiz con el Camino del Sacromonte. Misivas, instancias y solicitudes se remitían año tras año a las autoridades pertinentes sin encontrar en ellas una respuesta positiva. Según se sabe, los organismos a los que se cursaba la petición argüían como motivo de rechazo la falta de presupuestos específicos para esos fines. Las negativas se prolongaron durante más de una década, pero la perseverancia se tradujo al final en éxito. Para empezar, la Real Orden de 1919 que calificaba al monumento de arquitectónico-artístico se recibió con vitola de triunfo (“Real Orden declarando”, 1919). Era, según se interpretaba, la feliz antesala de una no muy lejana rehabilitación de los edificios. Y, en efecto, no se equivocaron quienes así lo vaticinaron. Las actuaciones se dejaron ver diez años más tarde, entre 1929 y 1930, siendo directores generales de Bellas Artes el conde de las Infantas y, posteriormente, Manuel Gómez Moreno. Fue en esas fechas cuando el Estado, a través de dos partidas consecutivas, compró las viviendas y los huertos colindantes con cargo al dinero recaudado por la venta de entradas a la Alhambra.

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Patio de la EEA en 1932

La fortuna jugó a favor del edificio. El arquitecto y crítico de arte Leopoldo Torres Balbás, gran teórico de los nuevos conceptos de restauración arquitectónica en sus primeros años de ejercicio, tuvo oportunidad de llevarlos a la práctica a partir de 1923, año en que fue nombrado arquitecto conservador de la Alhambra. Sus investigaciones, hasta entonces centradas en la arquitectura medieval cristiana, en torno a las regiones cántabra, castellana y gallega, experimentaron una enorme transformación cuando su mirada giró hacia el Sur y contactó con Granada y su arquitectura de época islámica.

Como tantos otros edificios andalusíes de la ciudad, las casas moriscas de la Cuesta del Chapiz fueron puestas en sus manos expertas, de manera que fue él quien se encargó de la reparación y consolidación de las viviendas a partir de 1929. Este año lo empleó en rehacer y fortalecer muros y en levantar cubiertas. El siguiente lo dedicó a solerías, arcos y elementos de carpintería. Finalmente, en 1931 mandó levantar nuevas solerías, empedrar el patio y ajardinar las huertas.

Qué mejor augurio habría cabido esperar para un centro, que aún se hallaba en fase de proyecto. Ni la mente más perspicaz habría pronosticado para la futura institución un ajuste de piezas tan acertado: un organismo en ciernes, que iba a dedicar su atención a los estudios árabes y que precisaba de una sede donde ubicarse, encontraba un edificio de época morisca, en proceso de rehabilitación y en busca de una entidad que le diera vida. Cabía felicitarse además porque dos personajes clave de aquellos momentos pusieran su genio y lucidez al servicio de tan prometedora empresa: de un lado, Torres Balbás, en plenitud de facultades, se hacía cargo de las labores de restauración y dejaba ya de por vida su impronta en el edificio, y de otro, García Gómez, un jovencísimo intelectual, con las alforjas cargadas de ambiciosos planes, se ocupaba de dirigir desde sus inicios el nuevo instituto.

En efecto, mientras Asín Palacios ponía en marcha la escuela de Madrid, García Gómez se encargaba de marcar las directrices de la institución granadina. Hubo, no obstante, gran diferencia en el número de años en que ambos desempeñaron el cargo. El insigne sacerdote y erudito lo ejerció hasta su muerte, acaecida en 1944 ; en cambio, su avezado discípulo sólo se mantuvo en el puesto hasta 1935, año en el que se trasladó a la Universidad de Madrid, en la que ya permaneció hasta su jubilación, en 1975.

La Escuela de Estudios Árabes de Granada echó a andar oficialmente el 21 de noviembre de 1932, con sede en la denominada Casa del Chapiz, desafortunada denominación que fue desplazando popularmente a la que debe tenerse por más correcta, la de Casas del Chapiz, habida cuenta de que se trata de dos viviendas diferentes, con orígenes distintos.

Según nos hace ver la documentación llegada hasta nuestros días, el dueño de la propiedad fue originariamente Hernando el Ferí, un conocido morisco de la ciudad de la Alhambra. Fue a la muerte de éste cuando la construcción quedó dividida entre sus hijos Juan y Hernando, por un lado, y su yerno Lorenzo el Chapiz, por otro, todos ellos dedicados al comercio, principalmente el de la seda, con tiendas instaladas en la Alcaicería de Granada, y propietarios a su vez de tierras repartidas por la comarca granadina.

Ciertas hipótesis apuntan a que las viviendas pudieron edificarse sobre los restos de una antigua mansión llamada Al-Dar al-Bayda (La Casa Blanca). Este palacete, de probable época zirí, habría dado nombre a la zona, llamada durante algún tiempo Arrabal de Albayda.

Siempre a tenor de los datos de que disponemos, parece que Hernando el Ferí dispuso por propia voluntad que fuese a su hijo Juan a quien correspondiese por herencia la casa más pequeña, justo la que probablemente habria ocupado él mismo en vida. Se sabe que Juan la dejó poco tiempo después y que fue entonces su hermano, Hernando, quien pasó a residir en ella. Por lo que respecta al cuñado de ambos, Lorenzo, recibió la casa grande y sus anejos.

Las viviendas fueron propiedad de los cuñados hasta la segunda mitad del siglo XVI. La historia, muy explícita en este sentido, nos da las claves para poder entender dicha circunstancia toda vez que fue en esa época cuando como consecuencia de la célebre revuelta de 1568-1570, un gran número de propiedades fueron incorporadas a la Corona como parte de los bienes confiscados a los moriscos, según reza en la Carta de incorporación de Felipe II (1571).

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Escuela de Estudios Árabes

Curiosamente, la casa sobrevivió a los siglos acompañada del nombre de Lorenzo el Chapiz, cuando quizás lo lógico es que lo hubiese hecho bajo el de su cuñado, Hernando el Ferí, el último de los herederos directos del primer propietario. La explicación puede obedecer a especulaciones de todo tipo, pero quizás la más coherente pase por entender que la actividad comercial de Lorenzo el Chapíz tuvo más peso que la de su pariente y, consecuentemente, su nombre cobró mayor protagonismo entre la sociedad granadina de la época. De ser válida la conjetura hemos de deducir que las fincas, aun siendo compartidas por las familias de ambos, se perpetuaron con el nombre de Casa del Chapiz.

En cuanto la vivienda pasó a formar parte de la Corona fue cedida a Juan Vázquez de Salazar, destacado personaje que ocupaba el cargo de secretario de Felipe II desde 1560. A partir de la cesión las casas aparecieron inscritas entre los bienes custodiados y administrados por un patronato familiar que, tomando el nombre del secretario, fue conocido por Patronato de Salazar, fundación que se dedicó a arrendar los terrenos y las viviendas unas veces a instituciones y otras a particulares.

Posteriormente la propiedad pasó por miles de vicisitudes. Transformaciones, mutilaciones y expolios no faltaron. Ya mediado el siglo XIX, la adquirió Mariano Fernández Contreras. El escenario que allí encontró nada tenia que ver con el de centurias atrás, pues los edificios se hallaban ocupados por familias que, además de utilizarlos como vivienda, los explotaban en calidad de talleres, negocios e industrias. Finalmente, fueron los herederos de aquél quienes decidieron vender las casas al Estado, que se hizo con ellas mediante dos pagos sucesivos: uno de 91.673 pesetas por las edificaciones, y otro de 9.000 por las huertas.

La Escuela de Estudios Árabes se puso en marcha de acuerdo con los objetivos establecidos en la ley sancionada por las Cortes en 1932. Conforme al programa previsto, la rigió en sus inicios un patronato compuesto por cinco miembros: el rector de la universidad granadina, el arquitecto conservador de la Alhambra, el decano de Letras y dos catedráticos de esta facultad. La designación de uno de estos últimos había de recaer obligatoriamente en el especialista que ocupara en cada momento la cátedra de Árabe. El mismo se encargaría de dirigir técnicamente la escuela.

Ya quedó adelantado, Emilio García Gómez, catedrático de Árabe en aquellas fechas, asumió la responsabilidad de coordinar y supervisar los campos de actuación que habrían de conducir con satisfacción hasta las metas elegidas. En líneas generales, primaron como objetivos esenciales la enseñanza de las lenguas árabe y hebrea y la difusión del conocimiento de la civilización árabe.

La organización del centro, tanto en su vertiente investigadora como docente, quedó vertebrada en cuatro secciones: Filología, Derecho e Instituciones Islámicas, Historia Política y Cultural, y Arte y Arqueologia Arábiga, incluyéndose en la primera Hebreo Bíblico, y en la tercera Historia de los Judíos. Por lo demás, profesores especializados elaboraron temarios y programas específicos que dieron contenido a las asignaturas correspondientes.

La ley era suficientemente explícita como para marcar otras directrices. Por ejemplo la Escuela de Estudios Árabes tenía la obligación de desarrollar investigaciones científicas que tuviesen que ver con los campos de estudio contemplados en esas cuatro secciones. Los resultados derivados de ellas, conjuntamente con los de la escuela de Madrid, habían de salir a la luz a través de una publicación especializada. Fue así como nació la prestigiosa revista Al-Andalus, predecesora de la no menos acreditada Al-Qantara.

La ley dejaba abierto un amplio abanico de posibilidades a la nueva institución. Por señalar algunas, destaquemos que había apartados que dotaban al organismo de autonomía para certificar méritos a becarios y estudiantes que, habiendo pasado por las aulas del centro, optaran con posterioridad a plazas convocadas por el Estado. Es más, la Escuela de Estudios Árabes, a tenor de su reglamento, quedaba facultada para conceder el grado de doctor a alumnos españoles y extranjeros que se hubiesen licenciado en filología semítica.

El instituto respondió con creces a lo contemplado por la ley. Consta en las memorias redactadas por sus distintos responsables que entre los muros de la escuela se celebraron seminarios, cursos monográficos y ciclos de conferencias. Registros de distintas épocas dejan ver cómo fue depositándose paulatinamente sobre sus estantes un importante número de libros, germen inicial de lo que sería su futura biblioteca especializada. No faltaron tampoco los viajes de carácter científco. Y se procedió asimismo a la convocatoria pública de becas, cuatro de ellas destinadas en exclusiva a estudiantes marroquíes.

Con todo, quedaron flecos sin atender en aquellos comienzos. Algunos incluso necesitaron de bastantes años para ser satisfechos. Quizás el más llamativo desde nuestra óptica actual sea el proyecto de creación de una residencia dependiente de la escuela que diese albergue a alumnos procedentes de países árabes, una aspiración que no se materializó hasta 1945, año en el que fue inaugurada la Casa de Marruecos. Evidentemente, el nuevo centro, que sólo proporcionaba alojamiento a alumnos del país vecino, no respondía con literalidad a las expectativas creadas por la ley, pero en la medida de lo que cabe cumplió con el espíritu que dio vida a ésta. Para sede de la Casa de Marruecos se adquirió en aquel entonces el actual Carmen de la Victoria, situado frente a las Casas del Chapiz.

Queda reflejada hasta aquí la etapa diligente y activa que acompañó a la Escuela de Estudios Árabes en sus comienzos. En 1935, el traslado de García Gómez a Madrid supuso para el instituto una seria ralentización en su vigoroso dinamismo. Atrás quedaban años de vitalidad muy bien rentabilizados por un gran número de becarios marroquíes y españoles que destacaron con posterioridad en sus respectivas carreras.

Inmediatamente después llegaría el trágico paréntesis de la Guerra Civil. La histórica contienda española, unida a la falta de una dirección estable y permanente, trajo consigo un nuevo período en el que la actividad de la escuela se resintió.

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Salvador Vila Hernández

La situación quedó solventada durante breve espacio de tiempo por Salvador Vila Hernández, arabista salmantino llegado a Granada en enero de 1934, tras lograr la cátedra de Instituciones Islámicas de la universidad granadina. Nombrado rector de esta institución en 1936, Salvador Vila fue director accidental de la Escuela de Estudios Árabes, desde sus inicios hasta el nacimiento del CSIC entre 1935 y 1936, año este último en el que resultó víctima de los fatídicos fusilamientos llevados a cabo en Granada durante aquellas fechas.

En mayo de 1937 la Escuela de Estudios Árabes empezó a ser dirigida con carácter interino por Ángel González Palencia, que ocupaba desde 1927 la cátedra de Literatura Arábigo-Española de la Universidad de Madrid. El nombramiento hubo de interpretarse como medida transitoria y obedeció en todo caso a la necesidad de dar cierta continuidad a un centro que atravesaba muy duros momentos. Las ausencias justificadas del catedrático obligaron poco después a tomar una decisión más acorde con la estabilidad que se requería para esta difícil etapa. Fue así como se pensó en el tratadista de Arte Antonio Gallego Burín para llevar las riendas del instituto. Este célebre granadino, premiado con la medalla de oro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, fue nombrado director de la escuela con carácter accidental en 1938 y permaneció en el cargo hasta 1943.

El fin del desastre bélico coincidió con el nacimiento del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Uno de los objetivos básicos del nuevo organismo era desarrollar investigaciones a través de los centros que dependieran de él. Para cumplir con ello fueron incorporados al CSIC los centros de la disuelta junta para Ampliación de Estudios, así como otros institutos, entre ellos las Escuelas de Estudios Árabes de Madrid y Granada. En consecuencia, la granadina pasó a prestar atención primordial al campo de la investigación. Se extinguió el patronato que la regía, cambiaron algunos estatutos y secciones, y la docencia quedó prácticamente en manos de la Facultad de Letras.

Las escuelas de Estudios Árabes de Granada y Madrid pasaron primeramente a formar parte del Instituto Arias Montano de Estudios Árabes y Hebraicos, pero no tardaron en constituir conjuntamente un único instituto, el llamado Miguel Asín, nombre que finalmente adoptó para sí el centro de Madrid, de manera que, a partir de entonces, el término de Escuela de Estudios Árabes quedó reservado en exclusiva para la sede granadina.

La vida del instituto no sufrió significativos cambios durante esta nueva etapa. Las labores de investigación, con ser las prioritarias, convivieron con unas clases de iniciación al árabe hasta 1976. Las secciones, llamadas posteriormente unidades estructurales, fueron cambiando unas veces, y menguando o creciendo en número otras. Por poner un ejemplo, a las de Filología, Historia y Derecho se sumaron, según los tiempos, la de Filosofía Hispanomusulmana o la de Bibliografía. La biblioteca tuvo sus altibajos, pero, en general, fue creciendo con arreglo a los presupuestos anuales que se le asignaron. En otro orden de cosas, la relación con la universidad granadina siguió siendo estrecha; tanto que gracias a que algunos de sus profesores permanecieron vinculados a la institución, ésta logró mantener su actividad durante décadas.

Texto publicado en: Tiempos de investigación : JAE-CSIC, cien años de ciencia en España / editor científico Miguel Ángel Puig-Samper Mulero.– Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2007, p. 167-173.

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